lunes, abril 18, 2011

No hay después.


Voy a sacar el revolver.

Ella ha salido a pasear,
es un invierno típico de Lima
con su gris entrando por el ventanal de la casa
inundando el arcoiris de colores que son mis paredes
para dejar sólo una isla de oscuridad
en la que me ahogo sin matices.

Voy a sacar el revolver.

Acaricio aquella foto vieja en blanco y negro
donde parezco invadido de cabello
y ella parece una sonrisa infinita,
la arrugo entre mis dedos
y acaso es una lágrima la que termina de destruirla,
mientras bajo la mirada al cajón que nunca debí abrir
pero es domingo
y no hay nadie en casa.

Voy a sacar el revolver.

Ella cree que no lo sé,
pero lo sé, lo sé,
las llamadas se hicieron cada vez más seguidas,
como las contracciones de un parto,
fueron aumentando
hasta dar a luz a este engaño
que ella niega con sus idas de la casa
y sus regresos que no causan daño
sólo segundos intentos
y nada más.

Voy a sacar el revolver.

Los niños ya están grandes,
no fue su culpa caer enfermo,
fue la mia por no tener el dinero en ese momento,
no fue culpa de ella el no ir a esa universidad,
fue la mia por mil cosas más,
no fue culpa de ella tampoco,
fue la mia por dejar de ser un hombre
que haga el sexo como se debe
y ame como se puede,
fue toda mi culpa
como aquella broma de comprar sólo una bala para nuestra seguridad
que ahora se vuelve un mal chiste entre mis manos.

Voy a sacar el revolver.

Está fría pero no tanto como mis manos,
que van cortando el viento en trozos
y helando el ambiente que ya escaseaba de colores,
es dorada y parece inofensiva,
sola es casi un recuerdo de mal gusto
de aquella tienda de vagatelas,
unos pocos centímetros de metal
que no tienen la más mínima idea
de cómo matar.

Voy a sacar el revolver.

Estoy vestido de luto, como hago para ir al trabajo,
me he peinado para la ocasión,
tengo aquella corbata roja que usé en mi boda
y aquellas zapatillas que uso para ir a correr,
una rosa negra en la mano
y la foto que tomaron cuando ella se fue donde aquel.

Voy a sacar el revolver.

La bala no termina de atrapar todo el frío de mis manos
así que la pongo sobre la mesita negra
y me levanto de mi viejo sillón de cuero
para mirar todas las paredes
una por una
cazando retratos del pasado con la mirada,
cuando ellos eran niños,
cuando nosotros éramos uno,
cuando el pasado estaba a gusto con mi reloj
y no evitaba recuerdos ni inventaba excusas
para escaparse de mis memorias
y cerrar el telón en su vestido rojo,
el que usa cuando se va donde aquel,
cree que no lo sé,
pero esto se acabó.

Voy a sacar el revolver.

Escucho el eco de lo que parecen pasos,
será que es la hora,
abro el cajón del todo,
regreso la bala a su esquina 
entre el lapicero de colección y el prendedor plateado,
cierro el cajón y el arma brilla en todo su esplendor en mis manos,
el blanco y negro se hace eterno en sus juego de sombras entrando por el ventanal,
ella entra de rojo y luego su acompañante
sorprendidos me miran, creyéndome ausente, siempre asuente,
alzo el arma y hacemos un coro de silencio que opacaría mil gritos juntos.

El revolver.

Una lágrima nace y recorre todo el sendero de mi rostro
mientras un sonido seco se hunde en el silencio
y un par de gritos le hacen rima.





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