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domingo, julio 14, 2013

El sepulturero

Andrés iba todas las tardes de invierno al cementerio a visitar al sepulturero. Ese triste lugar al que fue su esposa, ese hogar en el que se convirtió cuando su joven hijo cayó de cáncer y luego rebotó al nicho, esa casa donde también fue María, su segunda hija, que quiso abandonarlo en vida cortándose la muñeca.

Andrés iba todas las tardes de invierno a visitar a su familia y al sepulturero. Cuando una tarde fue al lugar y encontró unos jóvenes echando tierra muerta a un nicho, no pudo evitar preguntarles: y el viejo que aquí trabaja. Ellos en sorna y desfachatez le contestaron: El único viejo aquí es usted, señor. Y se retiraron rumbo al almuerzo, dejando a medio acabar el trabajo.

Andrés iba todas las tardes de invierno al cementerio y cuando una tarde al llegar vio un nicho abierto se aprestó a terminar lo pausado. Que la vida espera pero la muerte no. Y mientras echaba la tierra se dijo en voz baja:

El sepulturero... soy yo.

Los errores elegidos

El doctor miraba su vaso cristalino mientras Jorge hablaba de su enfermedad como quien habla de su novia. Lo había acompañado una vida y ahora que se le iba a sus 40 años no le importaba bromear de la muerte. El doctor lo echó en la cama y con el estetoscopio iba examinando el respirar de un muerto que bromeaba de la vida, o al revés, que a estas alturas daba lo mismo, él ya había cobrado por adelantado. Jorge por su parte sonreía como niño al saber su fecha final. Salió del consultorio y se fue directo a la tía Camucha a pedir su huevo frito, su café, su coca-cola, que ni frío ni caliente, ni salud ni enfermedad, lo quería todo y nada a la vez. Estaba confundido al saber que moriría tan pronto y quería llenarse de todo lo que le faltó toda su vida.

Quería llenarse de errores.

El cardenal

El cardenal veía atónito como el detector de humo pitaba dejando sorda toda intención de huir, las puertas estaban trancadas por los escombros que rápidamente cayeron las ventanas desde un quinceavo piso de poco servían, acaso el humo lograba escapar mientras a él se le iba la vida. Comenzó a llorar arrodillado rogándole a un Dios que ya lo tenía sentenciado. La cocina no es un buen lugar para morir asfixiado, los cuchillos tientan a matarte antes, las manzanas podridas te hacen ver como quedarás en poco tiempo, los zapallos en el piso, las mesas de madera, los platos rotos, las lágrimas caen, la vida se va, la muerte viene. El fuego consumió toda intención de huir y en un último aliento se fue contra los escombros para quemarse en vida y sonriendo decir: No moriré, me fundiré en la luz.

Cuando quitaron los escombros y lo encontraron tenía un cuchillo en la mano... cerca a su cuello... pero el fuego llegó antes. Cuando lo encontraron, Dios lo encontró antes. El cardenal le debía algo.

El juego

Joaquín estaba frente al monstruo y lo demás no existía. Las luces estaban apuntando hacia ellos y la música se colaba entre la máscara para hacer más acústico el silencio. La vida se reducía a un temblor puro y crudo que le recorría las venas y explotaba en cada latido. El monstruo por su parte le ponía la mano en el hombre para intimidarlo y le sonreía sabedor de su victoria. Joaquín comenzó a escribir y mientras escupía letras se le iba apagando la voz, la saliva le salía por los dedos y el proyector fungía de sus pupilas observando a todo el público que apagado en la noche estaba hipnotizado por lo que ocurría. El monstruo implacable de tres elementos empujaba al reloj que cedía a ser cuatro, a ser tres, a ser dos, a ser fin. Joaquín alzó la mirada y vio gente conocida, se fue enchufando a la noche y no pudo evitar ceder una sonrisa, ceder una queja en tos, un guiño con el ojo. El monstruo se fue y sólo quedó la bulla. La voz de Joaquín se hizo eco y retumbó en mil oídos que como cueva sagrada iban pregonando la nueva historia.

Y todo se acabó en un suspiro. Joaquín se quitó la máscara y perdió algo más que su identidad. Perdió las ganas de perder. Y el juego continuó, porque cuando pierdes... el juego es interesante. Cuando ganas... el juego termina.

domingo, julio 07, 2013

El sentimiento destructible

Llevaba once meses entre ellos, se había acostumbrado a la comida del planeta y su vestir era sencillo, saco negro y polo rojo, pantalón negro y zapatillas negras. Los miércoles salía a escuchar jazz en La Noche de Barranco y los viernes eran para caminar por la playa hablándole al viento de ella.

Aunque estaba seguro que el sentimiento aquí era más fuerte que allá, su conciencia del tema no le evitaba sentir el corazón quemarle el pecho y los ojos imantarse a ella cuando pasaba por la oficina. Los once meses desde que la conoció se volvieron días inútiles a los que había que agregarle algo para que sean ciertos, ni su maquinita de verdades ni la telepatía le sirvieron de mucho, tampoco el reloj de luces o sus ciento veintisiete años le dieron algún conocimiento certero de lo que debía hacer. Estaba enamorado hasta las antenas.

Cuando cumplió el año en la Tierra no pudo evitar dejarle una carta donde le contaba todo, desde donde vino hasta a donde se va. Y ella se rió del tema toda una semana.

Al octavo día el planeta fue destruido.